Siempre tuvimos que hacerlo todo nosotros lo que condicionó nuestra libertad a la hora de usar el tiempo. Esa realidad está a punto de cambiar.
- El orden histórico: siempre hemos ido a buscar las cosas
A lo largo de la historia siempre hubo una constante, si querías que algo ocurriera, tenías dos caminos: hacerlo tú mismo o pagar a alguien que lo hiciera por ti. Y para cualquiera de las dos opciones hacía falta conocimiento. Para que un proceso se lleve a cabo en una empresa, la persona con el conocimiento adecuado lo tiene que ejecutar. Si había que aplicar una ley, alguien tenía que interpretarla. Si había que tratar una enfermedad, alguien tenía que diagnosticarla. El mundo funcionó siempre con intermediarios humanos porque el conocimiento vivía “dentro” de las personas y, en todo caso, quedaba plasmado en artefactos pasivos: libros, manuales, normas, procedimientos. Objetos mudos que solo “hablaban” cuando alguien los leía, interpretaba y aplicaba. Con el tiempo, delegamos una parte física de ese hacer en animales y luego en máquinas. Delegamos músculo y repetición, pero el trabajo cognitivo que explica la inmensa mayoría de nuestra actividad siguió en el cuerpo humano. Hacer la cama, preparar la comida, conducir hasta el trabajo, coordinar un proyecto, entender una reclamación… Todo eso obligaba a que alguien lo pensara y lo hiciera. Nos pareció normal porque no había otra alternativa, pero era una cárcel elegante: fuimos muy poco libres con el uso de nuestro tiempo. Para que sucediera cualquier cosa, teníamos que estar involucrados ¿Qué pasa si un día ocurre al revés? ¿Si los procesos se ejecutan sin tu participación? Si saben quién eres, qué haces, qué necesitas… y te lo entregan. Si por primera vez logramos una relación directa con las cosas sin intermediarios, porque “tienen” el conocimiento para ejecutarse sin nuestra intervención. Lograrlo no sería una mejora sino una transformación radical de la sociedad que está construida alrededor de esa constante histórica: las cosas no vienen a ti.
- La anomalía histórica: conocimiento sin cuerpo
La Inteligencia Artificial introduce algo totalmente nuevo, aunque todavía lo miramos con ojos viejos: conocimiento sin organismo. Por primera vez, el conocimiento deja de necesitar un cuerpo humano para operar en el mundo. Con la explosión de la IA, lo que haremos es dotar a todas las cosas del conocimiento que antes solo tenían las personas, para que no dependan de nosotros, sino que puedan actuar por sí mismas. En lugar de que alguien tenga que conducir un camión, planchar una camisa o ejecutar una tarea en una empresa, el camión conduce, la plancha plancha, y la tarea se ejecuta porque los 3 tienen “incorporado” el conocimiento necesario para lograrlo. Esta posibilidad cambia la ecuación porque la iniciativa siempre fue nuestra mientras que ahora la compartimos con el ecosistema que nos rodea. No hablo de automatizar tareas (algo que venimos haciendo hace mucho tiempo) sino de una nueva realidad que lo modifica todo: pasamos de tener que hacer las cosas a que ellas solas se hagan, de preguntar a que el contexto te interrogue, de ir a buscar información a que las cosas se anticipen y te la ofrezcan antes de que la pidas. La disponibilidad ilimitada de conocimiento va a reconfigurar el mundo. Perderemos protagonismo porque ya no tendremos el monopolio del conocimiento. Ojo, perder el monopolio no significa que el conocimiento deje de importar, sino que deja de estar restringido. La metáfora que lo explica es la del oxígeno: Imagina que toda la vida hubiésemos vivido sumergidos en el mar recurriendo a bombonas de oxígeno para respirar. Bombonas caras, escasas y controladas por unos pocos. Eso se parece a cómo funcionaba el conocimiento: lo tenía poca gente, su coste era elevado y por eso había intermediarios imprescindibles. Con la IA, y al poder fabricar conocimiento a voluntad, es como si saliéramos a la superficie y pudiéramos respirar aire a pleno pulmón, sin restricción. El oxígeno seguiría siendo importante, pero deja de ser la ventaja de algunos porque está disponible para todos. Ese cambio por sí solo obligará a reinventar todas las estructuras.
- Cuando los procesos te hablan a ti
Estamos acostumbrados a hablar a los sistemas: rellenar formularios, preguntar a buscadores, comprar servicios, abrir tickets, “tirar de” un procedimiento ¿Qué ocurre cuando el flujo se invierte? Cuando no eres tú quien va a buscar el proceso, sino que el proceso viene a buscarte. Cuando no pides ayuda, sino que el sistema detecta que la necesitas y te la ofrece. Cuando el conocimiento no depende de que se te ocurra consultarlo, sino que se activa por contexto. El cerebro humano funciona exactamente así. No le preguntas cómo andar en bicicleta cuando te subes a una. El conocimiento aparece porque el contexto lo dispara y el cerebro no se equivoca y te ofrece la receta de una paella en medio del pedaleo. Eso es inteligencia situada: anticipación y acción sin intermediación. La IA permite por primera vez externalizar ese mecanismo fuera del cuerpo humano. No hablamos solo de que “hace una cosa” sino de agentes, sistemas capaces de planificar y ejecutar múltiples pasos en un flujo de trabajo. Si tu organización tiene un mapa que identifica el conocimiento crítico (recoge lo que sabemos y quién lo sabe), el agente no solo responderá, sino que podrá detectar brechas, proponer siguientes pasos, encadenar tareas, pedirte confirmaciones donde haga falta y ejecutarlo sin molestar. Lo que antes era “un proceso” pasa a comportarse más como un colega eficiente que nunca se queja ni descansa. A nivel personal ya lo estás comprobando: con cualquier IA generativa puedes abrir varias pestañas que trabajan en paralelo y te entregan resultados inmediatos, mientras una persona solo puede fijar su atención en una pestaña a la vez. Si el entorno empieza a trabajar contigo, tu forma de pensar el trabajo cambia. Pasamos de hablar a los procesos a que ellos nos hablen lo que acarrea una consecuencia inevitable: si los procesos se ejecutan con su propio conocimiento, se termina el sistema de intermediarios que constituye los cimientos de nuestra sociedad.
- El fin del intermediario como figura central
Durante siglos hemos construido poder, estatus y negocio alrededor de ser intermediarios del conocimiento. Existía un corpus enorme de conocimiento acumulado, pero solo determinadas personas accedían, y por tanto lo administraban a su conveniencia. Te vendían la parte del todo que dominaban a ti, que lo necesitabas y no sabías. Un médico es un intermediario entre la salud y tú. Un abogado es un intermediario entre las leyes y tú. Un sacerdote es un intermediario entre Dios, las escrituras y tú. Un consultor es un intermediario entre la organización y su capacidad de entenderse a sí misma. La razón de la existencia de esos intermediarios es simple: proveen conocimiento, y eso los hace indispensables. Si tú no contabas con el conocimiento, ellos eran el único camino para cubrir tu necesidad. En el futuro vas a seguir necesitando apoyo médico, legal, espiritual, organizativo… pero el rol del intermediario se va a transformar. En muchos casos desaparecerá en su forma actual (la del guardián y proveedor del conocimiento) y en otros se mantendrá, pero cumpliendo roles que requieren otras habilidades. El valor que entregue el intermediario tendrá que ser superior, porque lo que ofrecía hasta ahora (información, diagnóstico preliminar, interpretación, recomendaciones) te lo entregará la IA. Esto tiene dos efectos directos:
- Cambia el rol: Tendrá que ofrecer lo que la IA no sabe, no puede o no queremos que haga. Mutará de intérprete a diseñador, de guardián a acompañante, de ejecutor a responsable, de “yo sé” a “yo me hago cargo”.
- Cambia el precio: lo que hoy es caro porque requiere muchas horas/hombre, mañana será barato o directamente no se cobrará. No por caridad sino porque el coste de reutilización del conocimiento se reduce casi a cero.
Si cambian roles y precios, toca rediseñar modelos de negocio y esquemas de cobro. Una buena parte del mundo cobra por intermediación cognitiva y cuando esa intermediación cae, hay que inventar otra cosa. El trabajo humano ya no será el centro de la vida.
- ¿Importa tanto el soporte del conocimiento?
Nos inquieta que el conocimiento no venga de una persona, como si el soporte legitimara el contenido y el saber necesitara un cuerpo para ser válido ¿De verdad importa tanto el envase? Un libro o una pizarra son un montón de páginas de papel o un trozo de madera o plástico que no tienen emociones y nadie duda de su valor. Un vídeo es un activo digital que no empatiza y aprendemos con él. Un simulador no siente y, aun así, enseña mejor que muchas clases magistrales. Con la IA ocurre algo parecido, pero más profundo: no solo transmite conocimiento, lo ejecuta. Es verdad que hay ventajas cuando el conocimiento lo provee una persona: emociones, contexto, personalización. Un médico que recibe presencialmente a un paciente podría entregarle una mejor atención, algo que no siempre ocurre porque también hay cansancio, sesgos, prisa, variabilidad. En educación, durante décadas se creyó que el aprendizaje presencial era mejor que el virtual. Pero eso solo ocurre si lo diseñamos adecuadamente. El presencial tiene ventajas porque somos seres biológicos que aprendemos con interacción y experiencia. Pero el virtual bien diseñado también tiene elementos muy favorables. Entonces la disyuntiva no es “humano o IA” sino que depende de para qué, de cómo y de cuándo.
En julio de 2021 (antes de GPT3) en el artículo “3 deseos para la educación” escribí lo siguiente: “Sospechosamente, se ha impuesto la tesis de que necesitamos más vocaciones científicas y tecnológicas, asistimos al reinado del STEM. Yo opino distinto. Cuanto más sepas de números, más riesgos tienes de ser automatizado porque todo lo que sea matemáticamente posible, será real. Mientras que cuanto más sepas de relaciones (contigo mismo, con colegas de equipo, con clientes, con proveedores, con vecinos…) menos riesgos corres y más auspicioso será tu futuro”. Lo que vamos a valorar (y será más escaso) será lo relacional, lo ético, lo confiable. A pesar de que tenemos mejores medios que nunca, es un hecho que cada vez conversamos menos. Si el mundo se llena de sistemas que hablan y actúan, el problema no será solo técnico, será de relaciones. Se nos puede producir una crisis de confianza. Tendremos que reforzar vínculos y aprender a generar confianza desde abajo. Enseñar confianza, darle protagonismo porque sin ella no hay comunicación, conversación ni conexión. Y sin eso, no es posible la colaboración.
- Un cambio de paradigma: de hacer a que se haga
La verdadera ruptura no es tecnológica sino existencial. Para entender la magnitud del cambio de hacer las cosas a que las cosas se hagan, nos sirve dividir el mundo en 2:
- Lo que sabemos (y vamos a delegar). El conocimiento que hemos creado los seres humanos a lo largo de la historia es enorme. Miles de años de conocimiento colectivo acumulado que nos permite viajar al espacio, trasplantar corazones o generar energía renovable. Esa es la buena noticia. La mala es que todo dependía de nosotros. La mayoría de nuestra vida cotidiana estaba atrapada en “hacer lo que ya sabemos hacer”. Con la IA hemos inventado la manera de fabricar conocimiento y estamos en proceso de inyectarlo a las cosas para que actúen sin involucrarnos. Tarde o temprano y con mayor o menor esfuerzo, las máquinas serán capaces de hacer todo lo que nosotros hacemos. Y como comentamos el mes pasado, el conocimiento dejará de ser una ventaja. En el territorio de la IA, no podremos competir ni en velocidad ni capacidad de almacenar conocimiento. La IA nos facilita reutilizar el conocimiento y asegurarnos de que lo que ya sabemos pase a estar disponible y a costo mínimo para cualquiera que lo necesite. La promesa es irresistible: que una persona no tenga que gastar su tiempo en lo que ya sabemos hacer, desde limpiar suelos o vigilar edificios, hasta redactar, resumir, diagnosticar o ejecutar procesos estándar. No está mal dejar de hacer todo aquello que podemos delegar para concentrarnos en pocas cosas realmente importantes que merecen la pena. El primer impulso ha sido añadir IA a lo que ya hacemos: inocular conocimiento a productos y servicios existentes para que funcionen de forma autónoma. Es lo lógico, pero es solo el principio. Añadir IA a lo que conocemos es mucho más sencillo que rediseñarlo desde cero ya que en el fondo, seguimos haciendo lo mismo, pero con IA. Pensar “AI first” es un cambio de era. No se trata de integrar IA sino de reconstruir el mundo alrededor de ella.
2. Lo que NO sabemos (y ahí está el futuro). Lo que no sabemos es un territorio infinito porque no solo incluye lo que sabemos que no sabemos, sino también lo que ni siquiera sabemos que no sabemos. En el corto plazo, lo que cambiará más rápido será lo que ya sabemos: el mundo estándar diseñado desde nuestro conocimiento, donde los intermediarios van a desaparecer y las tareas se delegan porque se las entregamos a la IA. Pero a medio y largo plazo, lo que más va a cambiar será lo que no sabemos, porque concentraremos esfuerzos en rediseñar el mundo desde la IA: pasar de un mundo donde reaccionamos y todo dependía de nosotros, a un mundo donde anticipamos y las cosas ocurren sin requerir nuestra participación. En este escenario la creación de nuevo conocimiento va a ser clave, algo que la IA también hará, aunque hay espacio de sobra para todos. Hay quien alerta del peligro de que dejemos de pensar si la IA nos lo hace todo. Pero en un mundo donde crear nuevo conocimiento hará la diferencia, pensar se vuelve todavía más importante. Lo que pasa es que vamos a pensar en otras cosas: dejaremos de pensar en lo ya pensado para pensar cosas distintas, inéditas y con ayuda de la IA. Mientras te hagas nuevas preguntas, el pensamiento crítico estará a salvo.
El año pasado hubo 2 apagones nacionales en Chile y en España. El apagón nos recordó que la electricidad es fundamental, pero también que, una vez disponible para todos, deja de ser ventaja competitiva salvo que hagas algo muy particular e innovador con ella. Con el conocimiento va a pasar lo mismo. El conocimiento estándar estará disponible mientras que la ventaja será lo que hagas de forma distinta (el nuevo conocimiento) y eso exige aprender. Por eso, hay un mundo inmediato donde reutilizamos el conocimiento que ya existe y que nos exigirá algo poco frecuente: aprender a delegar. Pasar de “cómo lo hago más rápido”, a “cómo lo dejo de hacer”, que es más difícil. Y existe otro mundo de creación de conocimiento (inventar lo que no existe) que nos obliga a desarrollar las habilidades de pensar, generar ideas y aprender.
- La pregunta final
Quizá el miedo no sea a la IA sino a perder nuestro monopolio del conocimiento. Y entonces la pregunta es simple ¿Estamos aquí para proteger el canal tradicional por el que fluye el conocimiento o para ampliar lo que las personas pueden hacer con él? Si el conocimiento se vuelve como el oxígeno, si delegamos la ejecución y los procesos nos hablan, si el entorno piensa con nosotros, entonces lo escaso cambia. Y cuando cambia lo escaso, cambia la distribución del poder. Y entonces se vuelve crítico acordar qué no vamos a delegar a la IA y vamos a conservar para nosotros. Y eso es la toma de decisiones. La IA no tiene intención ni conciencia (aunque la neurociencia no lo descarta para el futuro). La IA será el copiloto o el agente mejor entrenado, pero nosotros debemos reservarnos siempre el asiento de piloto ligado a 3 ámbitos cruciales: 1. Definir los objetivos (la intención, el propósito, la función, los problemas…). Es decir, entender el entorno y elegir qué es lo prioritario a lo que vamos a prestar atención. 2. Tomar las principales decisiones para lograr los objetivos y 3. Evaluar los resultados (si estamos consiguiendo los objetivos). Obviamente la IA nos asistirá en el proceso, pero la responsabilidad tiene que ser nuestra. Y aquí viene otro cambio de gran calado. Históricamente, alguien decidió el objetivo y nosotros obedecimos: tus padres, profesores, jefes, gobernantes, líder religioso, etc. decidieron o influyeron desde cómo te vestías, qué estudiabas, con quien te casabas o en qué creías. Ahora cada uno podrá definir su objetivo. Suena atractivo, pero también asusta, porque obliga a hacerse cargo. El premio es muy apetitoso: poder decidir sobre tu tiempo. Si de verdad delegamos lo delegable, podríamos recuperar algo que nunca disfrutamos del todo: la iniciativa para priorizar e invertir nuestra vida en lo importante, elegir qué preguntas perseguimos y crear lo que no existe. Para modelarnos a nosotros mismos y a nuestro entorno, e influir en el futuro en vez de ir siempre a remolque. Tenemos que decidir qué nos importa como humanos y que la IA nos ayude a conseguirlo. Liberarnos de tiranía del trabajo sin perder la identidad. Y vivir bien (aunque nos tendremos que poner de acuerdo en lo que eso significa). Si la IA solo sirve para producir y correr más, habremos desperdiciado una oportunidad de oro y seguiremos viviendo como el hámster en la rueda, solo que con mejor tecnología. Así que lo relevante no es quién nos habla o qué tareas sustituye, sino qué posibilidades surgen cuando el mundo empieza a hablarnos. Y eso, nos guste o no, ya está pasando.
– El 23 de enero en Somorrostro (Vizcaya) impartiremos la conferencia “Hacia un mundo de organizaciones más inteligentes” en el marco de la entrega de los premios Marcelo Gangoiti.
– El 13 de marzo en Vitoria impartiremos la conferencia “Una empresa que no aprende no tiene futuro“ en el marco del Congreso de los 75 años del Colegio de Ingenieros Industriales de Álava.