En la primera entrega vimos que el dinero es, ante todo, una tecnología para administrar la escasez y que la IA podría reducirla al hacer abundante el conocimiento experto. Pero la inteligencia digital no basta, seguimos necesitando lo material: alimentos, viviendas, energía, transporte y objetos físicos. En esta segunda parte abordamos el paso decisivo: cómo llevar la abundancia de los bits a los átomos y qué ocurriría entonces con el dinero, el trabajo, la propiedad y el poder.
El salto de los bits a los átomos
Naturalmente, no vivimos solo de información. No podemos comernos un algoritmo, dormir dentro de un modelo de lenguaje ni construir una casa únicamente con datos. Necesitamos alimentos, edificios, carreteras, medicamentos, ropa, energía y objetos físicos. Necesitamos átomos porque somos átomos. Por eso la IA, por sí sola, no hará desaparecer el dinero. Para que los bienes materiales también se abaraten, la inteligencia digital tendrá que combinarse con robots capaces de fabricar, cultivar, construir, transportar, reparar y reciclar. También necesitaremos energía abundante y barata, materiales reutilizables, cadenas logísticas automatizadas y máquinas capaces de diseñar, fabricar y mantener otras máquinas. Ese escenario no está garantizado. Es tecnológicamente complejo, requiere inversiones gigantescas, nuevas infraestructuras, acuerdos políticos difíciles y reglas capaces de evitar que el poder quede concentrado en unas pocas manos. Probablemente tardará más de lo que imaginamos los más entusiastas. Pero tampoco es necesario que todo llegue a ser gratuito. Basta con que el coste de producir y distribuir una parte importante de lo que necesitamos disminuya radicalmente. Imagínate una vivienda diseñada por una IA, construida por robots, fabricada con materiales reciclados y abastecida mediante energía barata. Si las máquinas también se ocupan de su mantenimiento, su coste debería ser muchísimo menor que el actual (y la vivienda es el principal gasto de cualquier familia). Lo mismo debería ocurrir con los alimentos, el transporte, los medicamentos o los bienes industriales. Los objetos no serían gratis porque seguirían requiriendo materia, energía, espacio e infraestructuras. Pero podrían ser mucho más baratos porque incorporarían muy poco trabajo humano. La IA realizaría las tareas mentales y los robots las físicas. El trabajo seguiría existiendo, pero dejaría de ser imprescindible que lo hicieran las personas.
Cuando producir deja de depender de nosotros
La economía clásica se construyó sobre la ecuación de los tres factores de producción: Capital, Tierra (recursos) y Trabajo. Los tres eran limitados, pero el trabajo tenía una característica especial: solo podía ser realizado por personas. No por cualquier persona, porque cada tarea exigía conocimientos concretos, experiencia y tiempo. Cuando un conocimiento era muy demandado y pocas personas lo poseían, su precio aumentaba. Por eso cobran tanto los mejores deportistas, artistas, directivas, cirujanas o especialistas tecnológicos. No se paga solo por el tiempo que dedican, sino por una capacidad escasa que no puede multiplicarse fácilmente. Hoy, por primera vez estamos creando un tipo de trabajo que no depende necesariamente de las personas. La ecuación cambia: Capital, Recursos y Trabajo Artificial. Si el trabajo artificial puede multiplicarse casi sin límites, la capacidad de producción (resultados) aumenta y los costes se reducen. La IA también permite diseñar mejor, desperdiciar menos, predecir averías, reutilizar materiales y coordinar sistemas con una precisión que hasta ahora resultaba imposible. El impacto no consiste simplemente en que una máquina sustituya a una persona mientras todo lo demás permanece igual. Cambia el contexto completo: Cambian el trabajo, las empresas, la propiedad, la educación, la distribución de la riqueza y el papel del dinero. No podemos cambiar una pieza central del sistema y pretender que todo lo demás continúe igual.
¿Desaparecerá el dinero?
Probablemente no, al menos no por completo. Aunque la inteligencia llegue a ser abundante, seguirán existiendo recursos escasos. El suelo del centro de una ciudad seguirá siendo limitado. No puede haber una vivienda frente a la bahía de La Concha en San Sebastián, España para cada habitante del planeta. También lo serán ciertos minerales, las obras originales, algunas experiencias, la atención de personas concretas o determinados espacios naturales. Mientras exista escasez necesitaremos mecanismos para repartirla. El dinero podría continuar cumpliendo esa función, aunque no será el único. También podríamos utilizar turnos, sorteos, cuotas, criterios de necesidad o prioridades colectivas. Lo que desaparecería no es el dinero, sino su centralidad, su poder y su capacidad para decidir quién puede acceder a casi todo y quién no. Hoy, carecer de dinero condiciona la vida. El dinero es la llave maestra que abre o cierra la educación, la salud, la vivienda, la energía, el transporte y la seguridad. En un escenario de abundancia automatizada, muchas necesidades básicas podrían garantizarse como infraestructuras de acceso, del mismo modo que hoy no pagamos cada vez que caminamos por una acera, utilizamos un parque o consultamos determinados contenidos digitales. Debería ser normal que cualquier persona tuviera acceso a educación personalizada, atención sanitaria de primer nivel, energía, transporte local, alimentación, vivienda digna e IA. No porque alguien regalara esos servicios, sino porque producirlos sería tan barato que cobrar individualmente por cada uso dejaría de tener sentido. El dinero no desaparecería de un día para otro, iría perdiendo protagonismo. Primero en el conocimiento y los bienes digitales, después en los servicios y más tarde en los productos industriales, la energía, el transporte y la alimentación. La historia de la humanidad es, en gran medida, la historia de cómo gestionamos la escasez. El dinero es la tecnología social que inventamos para hacerlo. Si la IA convierte en abundante aquello que hasta hoy era escaso, empezando por el conocimiento, el dinero podría dejar de ser la tecnología dominante de nuestra civilización.
La riqueza no consiste en poseer
Nuestra civilización se ha construido alrededor de la propiedad. Intentamos poseer aquello que tememos no poder volver a obtener. Compramos una herramienta porque quizá la necesitemos mañana, un coche porque debemos desplazarnos y una casa porque necesitamos vivir en algún lugar. Pero cuando algo está disponible sin restricciones, la propiedad pierde parte de su atractivo. No necesitamos poseer una película para verla. Tampoco comprar una máquina que utilizaremos dos veces al año si podemos disponer de ella en pocos minutos. En un mundo de acceso abundante, ser rico consistiría menos en acumular y más en poder utilizar. Ese es el sentido del título de este artículo. Todos vamos a ser millonarios porque todos podríamos disfrutar de una capacidad de acceso que hoy asociamos con los ricos. La paradoja es que lo seremos precisamente cuando ya no sea necesario tener millones. Seremos ricos porque necesitaremos mucho menos dinero para vivir y porque capacidades antes reservadas a una minoría estarán disponibles para casi todos. La verdadera riqueza (para todos) será acceso al conocimiento, a servicios, a oportunidades y al tiempo para decidir qué hacer con la propia vida.
El verdadero problema no será tecnológico
Existen, sin embargo, dos riesgos que no podemos ignorar. El primero es que perdamos el control de la IA. El segundo es que, aunque la abundancia sea técnicamente posible, no se distribuya de forma justa. La IA puede reducir el coste de producir un servicio, pero alguien controla sus servidores, sus datos, sus robots, sus fuentes de energía y sus reglas de acceso. Si esos sistemas pertenecen a unas pocas organizaciones, no entraremos en una sociedad de abundancia, sino en una forma extrema de concentración del poder. El debate no será únicamente si las máquinas pueden producir lo que necesitamos, sino quién decide qué producen, quién puede utilizarlas y en qué condiciones. La misma tecnología puede conducir a dos futuros completamente distintos. En uno, la inteligencia y la producción automatizada se convierten en infraestructuras accesibles para todos. En el otro, una minoría controla los sistemas y cobra al resto por acceder a ellos. En el primer escenario, el dinero pierde importancia, pero en el segundo, se concentra todavía más. Bill Gates publicó un artículo la semana pasada avisando sobre algunos riesgos para los que no estamos preparados. Gates afirma “Es estupendo que algunas empresas de IA propongan soluciones a los retos que plantea su propia tecnología, pero no debemos esperar que lideren la lucha… en una sociedad democrática, no les corresponde decidir sobre estas cuestiones”. El futuro de la abundancia no es solo una cuestión tecnológica. Es una decisión política, económica y moral. La tecnología puede abaratar la producción, pero no decide por sí misma cómo se reparte el acceso. Esa decisión seguirá siendo nuestra y, mientras predomine la mentalidad de competir basada en la escasez, será un proceso complejo. El dinero es la herramienta del mundo basado en el paradigma de competir ¿Cuál será la herramienta del mundo de colaborar?
¿Qué haremos cuando no necesitemos trabajar?
Durante miles de años, trabajar fue inevitable. No trabajábamos para realizarnos, sino porque necesitábamos comer. Con el tiempo convertimos esa obligación en identidad. La primera pregunta que hacemos a alguien que acabamos de conocer suele ser ”¿a qué te dedicas?”. Nos cuesta imaginar una vida sin empleo porque hemos confundido trabajar con ser útil y tener propósito. Pero el problema que preocupa a la mayoría de las personas no es perder su trabajo sino perder sus ingresos. Si los bienes esenciales fueran accesibles sin depender de un salario, la desaparición de muchos empleos sería menos una tragedia y más una liberación. Seguiríamos haciendo cosas: crearíamos, investigaríamos, enseñaríamos, exploraríamos y resolveríamos problemas. Algunas personas querrían seguir trabajando mientras otras elegirían dedicar su tiempo a actividades que hoy no generan dinero, pero sí enorme valor: cuidar, aprender, acompañar, participar en su comunidad, en temas culturales o simplemente vivir. El trabajo como actividad no desaparecería, lo que podría desaparecer es la obligación de vender la mayor parte de nuestra vida para tener derecho a sobrevivir. Nadie asegura que vaya a suceder, pero por primera vez podría ser posible y eso ya es mucho. En ese momento, aparecerá una pregunta más profunda que todas las preguntas económicas y que ninguna civilización anterior tuvo que responder a esta escala: sí las máquinas pueden producir gran parte de lo que necesitamos para vivir ¿qué vamos a hacer nosotros con nuestra libertad? Quizá el gran desafío del siglo XXI no sea cómo ganar dinero, sino descubrir quienes queremos ser cuando ya no lo necesitemos.
Millonarios sin millones
Cuando pensamos en el futuro lo solemos imaginar repleto de máquinas más inteligentes, pero con las mismas empresas, los mismos empleos, el mismo dinero y las mismas reglas. La IA no es simplemente una nueva herramienta más potente que cualquier otra. Está alterando el recurso sobre el que se construyó nuestra civilización: el conocimiento humano. Hasta ahora, el conocimiento era escaso, estaba encerrado dentro de las personas y solo podía aplicarse durante un número limitado de horas. La IA permite separarlo de su propietario, multiplicarlo, recombinarlo y ponerlo a trabajar de forma permanente. Cuando el conocimiento se vuelve abundante, todo lo que depende de él puede abaratarse. Cuando la inteligencia se vuelve abundante, producir deja de depender de que millones de personas vendan sus horas. Cuando producir cuesta muy poco, el dinero pierde una parte importante de su razón de ser. Tal vez nunca desaparezca. Seguramente seguiremos utilizándolo para repartir aquello que continúa siendo único, deseado y escaso. Pero podría dejar de decidir quién tiene derecho a aprender, curarse, alimentarse, desplazarse o vivir dignamente. Ese sería el verdadero cambio. No que todos tuviéramos millones, sino que nadie necesitara tenerlos. Todos vamos a ser millonarios porque ser millonario siempre significó poder acceder a cosas que no todos podían. La IA podría extender ese acceso a todos. Y quizá el día en que todos podamos acceder a casi todo sea también el día en que dejemos de llamar riqueza al dinero.
– El 8 de septiembre en el espacio Co-laboratorio en el marco de Abra Laboratorio de Aprendizaje hablaremos de “Qué podemos aprender de la Neurociencia sobre Colaboración” con Pedro Maldonado y de “Qué nos dice el Liderazgo sobre la Colaboración” con Ignacio Fernández
– El 4 de septiembre en Medellín (Colombia) impartiremos la conferencia “Una organización que no aprende desaparece“ para el 6º Foro Fundecopi organizado por Coopidrogas
– El 2 de octubre en Madrid impartiremos la conferencia “Del conocimiento experto al aprendizaje colectivo: cómo construir una organización que aprende” para Renfe de la mano de Hedima
– Desde el 21 de agosto hasta el 2 de octubre estamos impartiendo el curso ”Aprendizaje organizacional en la era de la IA” con la Escuela de Psicología de la UAI
– Los días 29 de septiembre y 1, 6, 8, 13 y 15 de octubre impartiremos las sesiones ” Gestión del Talento y Cultura de Aprendizaje Basada en Habilidades” dentro del Diplomado en gestión de organizaciones para el Futuro del Trabajo de la Escuela de Psicología de la UAI y Futuro del Trabajo